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Aula Abierta

Alfabetización Digital

Por qué debemos dejar atrás el mito de los niños como «nativos digitales»

Por Aula Abierta

La especialista Lucía Fainbom destaca que los chicos no nacen evolutivamente superiores ni con habilidades especiales. Ese concepto sólo resultó cómodo para justificar la ausencia adulta.

Existe una falsa idea que sería bueno desterrar: que los chicos son «nativos digitales». Esta noción, popularizada por Mark Prensky, sostiene que los chicos nacen en un entorno digital naturalizado, lo que les otorga habilidades innatas.

Según Prensky, así como están los «nativos digitales», también existen los «inmigrantes digitales», personas que vivieron una vida analógica y que tuvieron que adaptarse, aprendiendo formalmente a usar Internet. Usa la metáfora del inmigrante para señalar que, cuando usamos Internet, se nos nota esa falta de fluidez nativa que, supuestamente, tienen los chicos.

Esta idea ha causado mucho daño y necesitamos dejarla de lado. Es un concepto ampliamente discutido tanto en el plano académico como desde la perspectiva de los derechos de niños y niñas.

Me gusta citar a David Buckingham, aunque muchos discuten su idea. En su libro “Más allá de la tecnología” dedica varios capítulos a discutir sobre los “nativos digitales” con argumentos clave. El primero, y más obvio, es de carácter geopolítico y tiene que ver con las brechas: no todos los niños nacen en un entorno digital garantizado.

Habilidades operativas o habilitades reflexivas

Buckingham señala que, cuando pensamos en los chicos como nativos digitales, solemos confundir dos tipos de habilidades: las operativas o instrumentales con las reflexivas, que no van de la mano. Que un niño sepa abordar una interfaz porque no tiene miedo a equivocarse no implica que tenga capacidades reflexivas, críticas o abstractas. Que un chico sepa usar muy bien redes sociales a los 8 no significa que no necesite una mirada adulta que proponga un abordaje crítico, reflexivo y que limite el uso de esas plataformas.

Por otro lado, Buckingham advierte que ni siquiera tienen tantas habilidades instrumentales. Lo que en realidad saben hacer son cuestiones muy repetitivas y superficiales, lo cual es más mérito de las plataformas que de los propios chicos.

Un ejemplo de esto se evidenció durante la pandemia, cuando se hizo evidente que muchas de las habilidades instrumentales que creíamos adquiridas no estaban, como chicos de nivel secundario de clase media alta que no sabían adjuntar un archivo en un correo electrónico, y ni hablar de que no saben programar, diseñar o hacer robótica.

No nacen evolutivamente superiores con un montón de habilidades, es un mito que debemos dejar de lado y que nos ha resultado cómodo para justificar la ausencia adulta: «Estos chicos son muy hábiles, yo no tengo mucho que aportar aquí».

Los chicos no pueden autorregular el uso de pantallas

Otra cosa importante para dejar en claro: los chicos no saben, no pueden ni podrán autorregular el uso de pantallas. Todavía les faltan muchas habilidades relacionadas con el control de los impulsos, la gestión de las emociones y los filtros inhibitorios. Y hay que añadir que están usando plataformas que, por su modelo de negocio, buscan aumentar el tiempo de permanencia.

Tenemos una combinación preocupante: chicos que no pueden autorregular el uso de pantallas, utilizando plataformas que desarrollan estrategias muy eficaces para aumentar el tiempo de permanencia de cualquier persona que las use.

Si sumamos a esto el corrimiento de los adultos en la imposición de límites, estamos viendo un uso excesivo y prematuro que interfiere con el pleno desarrollo. ¿Qué necesitan los niños y niñas para un desarrollo saludable? Explorar, lastimarse y aprender, equivocarse, frustrarse mucho y pensar estrategias para superar esa frustración. Necesitan aburrirse, desarrollar el juego simbólico, tener ideas maravillosas y creativas. Poder sintonizarse con otros niños y niñas y empezar a entender cómo funciona la relación social.

Para eso están la infancia y la pubertad: para comprender que la expresión facial de esa persona puede indicar que no le gustó lo que dije, que tengo que pensar en un plan B, que debo pedir perdón y que debo frustrarme cuando el juego no sale como quería. También deben aprender que, al ingresar a un grupo nuevo, deben adaptarse. Todos esos son aprendizajes para los que están hechas la infancia, la primera infancia y la pubertad.

¿Qué estamos viendo como consecuencia de este uso excesivo y prematuro de dispositivos basados en recomendaciones algorítmicas? Chicos y chicas con niveles de ansiedad alarmantes, que no logran gestionar el aburrimiento y la frustración. Hay una disminución notable del juego, y el juego es constitutivo. El juego libre es una preparación de esa estructura psíquica que se está desarrollando para el futuro, que está asimilando el mundo, entendiendo cómo funciona el mundo adulto, procesando muchas cosas que le suceden a través del juego, y el juego está en disminución.

La invasión de la productividad en la infancia

Todo esto, dentro de un contexto social en el que la productividad es constante. En esta sociedad del rendimiento, vemos dos consecuencias: por un lado, familias totalmente estresadas, con pluriempleos no solo por necesidad económica, sino porque existe un mandato de que todo el tiempo tiene que ser productivo.

La infancia ocupa un lugar disruptivo en esta sociedad del rendimiento. La primera infancia y la niñez son improductivas, el juego lo es. El juego no «sirve» para nada, es jugar por jugar, es desordenar, es «perder el tiempo». Eso está resultando incómodo.

Hay una invasión muy fuerte de la productividad en la infancia, con agendas llenas y la mercantilización de las experiencias en los juegos online. Vemos una invitación muy temprana, desde los 6 o 7 años, a pasar muchas horas al día jugando juegos de mercado, diseñados para la permanencia, que castigan a quien se retira y que invitan a la mercantilización prematura: si no avanzo, tengo que pagar; si me retiro, pierdo monedas, «skins».

También vemos una cuestión de género marcada: las chicas, a partir de los 8 o 9 años, ya no juegan con juguetes y simulan constantemente ser adolescentes, influenciadas por el emergente del skincare, el maquillaje y los consumos culturales adolescentes. Esto está relacionado con el uso prematuro de redes sociales, con influencers que promueven la hipersexualización de las infancias y adolescencias. Estamos viendo una invasión de la adolescencia en la infancia, una adolescencia vinculada al consumo.

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